El desorden de una biblioteca no es grave en sí mismo; está en la categoría del "¿en qué cajón habré puesto los calcetines?". Siempre creemos que sabremos por instinto dónde pusimos tal o cual libro, y aunque no lo sepamos, nunca será difícil recorrer de prisa todos los estantes (...)
En nombre de lo alcanzado, queremos creer que existe un orden único que nos permitiría alcanzar de golpe el saber; en nombre de lo inasible, queremos pensar que el orden y el desorden son dos palabras que designan por igual el azar.
También es posible que ambas sean señuelos, engañifas destinadas a disimular el desgaste de los libros y de los sistemas. Entre los dos, en todo caso, no está mal que nuestras bibliotecas también sirvan de cuando en cuando como ayudamemoria, como descanso para gatos y como desván para trastos.
Georges Perec

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